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montevideanos

intercambio de las experiencias plasticas de tres rioplatenses en el corredor atlantico, desde baires hasta barceloneta, pasando x alicante

un cuento de john berger

8, 22 de 2008-11-22 de 2008

cuando estuve en agosto en baires, me lo dio en mano, le dije "lo leere en el invierno eurpeo"y asi lo estoy haciendo, y las lagrimas q' me caen tiene como fondo un sol de invierno.gracias valen



Dos perros bajo una roca

Tonio es mi amigo mas antiguo.Hace casi medio siglo que lo conozco.

El año pasado, un dia estábamos acalorados y sedientos después de haber descargado

el heno, mientras bebíamos sidra con cafe, empezó a contarme una historia.

He visto llorar dos veces a Antonin, el pastor.Antonin estuvo casado.No veia mucho

a su mujer; en esto los pastores se pare3cen mucho a los militares.Ella murió, y el lloró

cuando me comunicó su muerte.La segunda vez que vi llorar a Antonin...Bueno, te lo contaré.

Los dos hombres estaban en el valle de El Recuenco, al norte de Madrid. Nunca se

veian en otro lugar.Si se consulta un mapa militar de la zona, se verá que en la ladera

meridional del valle hat marcada una construcción; "casa Tonio", dice debajo del pequeño

símbolo. A Tonio le llevó tres años construirla. No es realmente una casa, sino mas bien una

cabaña.Está colgada a una altura de mil metros en una ladera de peñazcos y encinas,

colgada como una lápida inclinada o como un hombre sentado en una esquina de una mesa.

Cuando Tonio sale de su Seat Panda un poco mas abajo y empieza la lenta ascención del

repecho hasta la cabaña, camina exactamente como San Jerónimo. Tiene piernas de ermi-

taño: largas, con unas rodillas inexpicablemente redondeadas, como la de todos los ermitaños.

Alrededor de la cabaña hay un muro de piedra de cuattro metros de alto que forma una

especie de corral y fue construido mucho tiempo antes para proteger un colmenar.Todos los

años, por mayo, un camión cargado con colmenas recorría la carretera de tierra, y varios

hombres descargaban las colmenas y las colocaban en el corral. Durante dos meses las abejas

fabricaban alli su miel.Aparte de ésto, es un lugar soloo para las ovejas, las cabras y los lagartos.

En mayo florece la jara, dice Tonio. La jara es una mata muy fea de aspecto, pero sus

capulllos blancos lo cubren todo, como la nieve.Como maná caido del cielo.

Desde que se ha jubilado, Tonio dibuja mucho en el Recuenco. Dibuja las rocas quebradas,

las encinas, la escasa hierba, los lechos secos de los torrentes. Grandes dibujos negros en los que

mete todo, como si la superficie enroscada de la tierra en El Recuenco fuera la concha de una vieja

e inmensa tortuga. Alla arriba, muy altos en el cielo, planean los buitres.Oye sus lejanos gritos

mientras dibuja. Unos gritos que imitan , como si quisieran provocarlos, los ultimos gemidos de

alguna víctima animal.

En El Recuenco los bóvidos necesitan a los pastores. Antonin es bajo y fornido.

Va calzado con zandalias de suela de neumático.Unos neumáticos que han sido conducidos entre montones de moñiga de cabra. Antonin nunca aprendió a leer y tiene una forma de hablar propia.

Cuando dice "las grandes aguas" se refiere a las lluvias torrenciales provocadas por las fuertes tormentas. Lleva un sombrero negro con el mismo orgullo que Salomón llevaba su corona. Tras dias

y dias de estar solo en el valle con su rebaño, cuando aparece ante él, la Casa Tonio es para Antonin

como una foto enmarcada: un solemne recordatorio de unas ocasiones, que si no, habrian sido olvidadas.

Los dos hombres, solos en el valle, se defienden fieramente contra cualquier invasión de su

identidad. Fumar un cigarrillo sentados en uno de los bancales donde solían estar las colmenas; beber un vaso de agua mientras hacen un recuento de lo que cada cual ha visto en la laderas durante esa semana:

eso es todo. Y muchas veces, sentados mirando el valle, se limitan a maldecir.

Un dia Antonin pasó por la cabaña cuando Tonio estaba preparando la comida:patatas con tocino.

Tonio invitó al `pastor a comer con él. Se le ocurrió sin pensarlo. Pronunció la invitación como si estuviera

informandole de un hecho sin importancia, tal que "anoche vi al tejón". Antonin aceptó la invitación quitándose el sombrero y bajando la cabeza.Tonio le indicó con un gesto que los dos perros debian esperar afuera.

Sin embargo, cuando el pastor cruzó el umbral y entró en la única habitación de la casa, ocurrió algo que ninguno de los dos habia previto.Uno se conocía a ciegas el espacio, y el otro no.Tonio puso los platos sobre la mesa, colocó los cichillos, los tenedores y los vasos al lado de éstos, alcanzó una frasca

de vino del estante y sacó el pan. Antonin estaba recostado en su silla, y de vez en cuando soltaba una o dos frases relativas a los torrentes, a los corrales, a los nombres desconocidos para Tonio; pero mayormente estaba callado, sonriendo, como un hombre al que le están cortando el pelo en el cafe, un domingo por la mañana.

Tonio cortó unos tomates y los aderezó con un chorro de aceite de oliva. Afuera, los perros encontraron un sitio a la sombra, bajo una roca. Cuando los hombres estuvieron por fin sentado a la mesa, Antonin llenó los vasos de vino. Aparte de esto, fue Tonio quien sirvió a su invitado.

Comieron con gusto. A veces levantaban la vista del plato y charlaban. Cuando acabaron de comer, siguieron bebiendo el vino. All otro lado de la ventana, al calor del mediodia, el valle presentaba la misma crudeza.Por fin, Antonin se puso el sombrero y , tras buscar en el bolsillo durante diez minutos, sacó un billete de mil pesetas y lo deslizó discretamente sobre la mesa.

¡No puedes hacerme ésto!, protestó Tonio. ¡No puedes! ¡Lo he hecho con mucho gusto!

Nunca en mi vida me habia servido la mesa un hombre, declaró Antonin. Ha sido como en los grandes restaurantes.

¡Coge éso! , gritó Tonio.Estas echando a perder el placer que me ha dado invitarte.

¡Me cago en...!, empezó a decir Antonin.

El otro, con mano temblorosa, le alargó el billete desde el otro lado de la mesa. Antonin se guardó el dinero en el bolsillo, se quitó el sombrero y se quedó quieto, con los brazos ligeramente separados de su cuerpo fornido. Tenía un cigarrillo apagado entre los dedos de la mano izquierda, con la derecha agarraba el sombrero. Permaneció inmóvil en el centro de la cabaña, y unas lágrimas le corrian por las mejillas.

Al ver a Antonin, Tonio empezó a llorar también. Ninguno trató de ocultar lo que pasaba. Los perros miraban y esperaban: su amo, de espaldas a la puerta, y el otro de pie, como convertidos en estatuas de sal.Durante un largo rato no se movió niniguno de los dos. Luego levantaron los brazos lentamente y se abrazaron.

 

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